El Niño Y El Joven, Motores De Desarrollo

R. Esguerra Barry Y Otros, El Niño Y El Joven, Motores De Desarrollo 

Presentación del libro por Jorge Luis Borges.  Buenos Aires, Paidós-Unicef, 1972.

¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?, se preguntaba, con elocuencia melancólica, T. S. Eliot.

No sé si alguna vez la sabiduría fue de los hombres o si ello es una mera superstición de nuestra presente zozobra, como la Edad de Oro del griego, la dulzura de vivir que precedió a la Revolución Francesa o la Belle Époque. Sea lo que fuere, pienso que es un error sentimental situar las Utopías en el “cualquier tiempo pasado”, que suscitó la incrédula sonrisa del austero Manrique. Mejor es divisarlas en el futuro, que puede ser fruto de nuestra voluntad y de nuestra fe, y no en un ayer irrecuperable… No sé tampoco si en el curso de los siglos pretéritos hemos abundado en conocimiento; sé que ahora nos abruma la información trivial y precipitada de lo ocurrido en todo el planeta desde la víspera. Los periódicos son como palimpsestos, cada nueva escritura tapa la escritura anterior y es leída para el olvido, ya que sabemos que la borrará la de la misma tarde. Su tema preferido es la historia contemporánea; todos la leen con avidez, pero suelen ignorar la anterior. Es como si recorriéramos cada día la más reciente página de una incesante y populosa novela y no supiéramos muy bien quiénes son los diversos personajes ni qué les ocurrió anteriormente. Conjugar de un modo armonioso la sabiduría, el conocimiento y la información es el arduo problema que la enseñanza tiene que resolver.

The child is father of the man (El niño es padre del hombre) famosamente escribió Wordsworth; también cabría decir que el hombre es la larga sombra que el niño proyectará en el tiempo. Instruir a un niño es preparar la venidera historia del mundo. Así lo entendió Wells, que acabó por sacrificar su mágico genio de narrador de pesadillas a la redacción laboriosa de obras polémicas o didácticas o de bien intencionadas compilaciones. Lo hizo deliberadamente: desde el punto de vista de la moral, debemos admirar esa decisión, aunque no sus frutos grisáceos. La palabra moral me trae a la memoria un pasaje de la malévola biografía de Milton que escribió el doctor Johnson. Milton, según se sabe, fundó una escuela particular en cuyo programa figuraban la astronomía, la física, las matemáticas, la zoología y la botánica; Johnson agudamente observa: “La prudencia y la justicia son virtudes de todos los tiempos y de todos los sitios; somos continuamente moralistas y raras veces geómetras… Podemos tratar a una persona casi toda la vida y no tener oportunidad de apreciar sus conocimientos de astronomía o de hidrostática, pero su índole mental y moral se revela inmediatamente. Quienes se oponen a mi juicio parecen postular que la misión del hombre en la Tierra es vigilar el crecimiento de las plantas o el curso de los astros. Sócrates pensaba que nuestro deber es evitar el mal y obrar con justicia”.

Desde luego, no hay razón valedera para que un hombre se niegue a los placeres del álgebra, de la economía política (si los hay) o de la especulación filosófica, pero concuerdo en lo esencial con el argumento de Johnson. La ética es el mayor problema de nuestro tiempo. A las flaquezas inherentes a la condición humana, nuestra perseverancia ha agregado muchas, de diversa raíz. Básteme nombrar esas raíces, cuya numeración, por cierto, no agotaré: la publicidad, que nos induce a creer que la noticia impresa de un hecho es más real que el hecho; la omnipotencia del Estado y el imperialismo, que mide la grandeza de las naciones por la mera extensión de su territorio; el nacionalismo, que exagera el valor de lo ocurrido en el país de cada uno de sus prosélitos; el creciente culto de lo plebeyo, de lo rústico y bárbaro; el abuso de la estadística, que está reemplazando a la ética, ya que se tiende a creer que un delito —la tortura o el secuestro, digamos— es perdonable si es frecuente; el lujo, que es la forma más costosa de la vulgaridad, la distribución despareja de los bienes materiales del mundo, y por ende de los espirituales, que ha suscitado la curiosa creencia de que la gente rica es feliz y promueve la miseria, la codicia, el rencor y el crimen…

Los teólogos afirman que si la divinidad se distrajera del universo durante una fracción de segundo, toda esta máquina de constelaciones y de átomos, desde mi mano hasta la más lejana estrella del firmamento, se esfumaría como un sueño. La conservación es una perpetua creación; continuamente estamos labrando el arca que ha de salvarnos del diluvio. Fritz Mauthner ha observado que todos los hombres descubren que les ha tocado vivir en una época de transición. La nuestra no lo es menos que las demás, futuras o pretéritas. La educación no es un instrumento infalible (ninguno lo es), pero es el más precioso de todos. Tal vez sea el único.

La compleja y abnegada labor que ejecuta sin tregua el unicef está abarcando el mundo entero y compromete la gratitud de todos los hombres. La gratitud y, dentro de los límites que las circunstancias imponen, la colaboración. 

 

Borges presentacion Unicef

 

de borgesyyo

6 comentarios el “El Niño Y El Joven, Motores De Desarrollo

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